De los variados alicientes que tiene acceder a las aldeas donde trabajamos en Nepal, para mí destaca el poder ser testigos de algunas sonrisas que penetran en lo más hondo y tocan alguna parte de mí que reboza alegría, emoción, cercanía. Como si de repente se parara el mundo y solo hay un enorme espacio, una calma inmensa donde flotamos. ¿Puede haber un regalo mejor que esa sonrisa ingenua, espontanea, inocente? ¿Qué puede haber que nos toque más hondo, que nos acerque algo más a nuestra esencia? Qué distinto sería el mundo si nos paráramos a observar esa sonrisa, a perdernos en ella, a dejarnos llevar por ese corazoncito nuestro que a veces camina cabizbajo, perdido, atormentado en el ajetreo diario. Qué distinto sería todo si fuéramos por la calle atentos a la gente que pasa, a sus expresiones. Sin juzgarlas, simplemente observar, como quien observa una rosa y capta su aroma, su esencia, ese espacio donde nos fundimos en la nada y todo está bien.

Me siento afortunado de poder vivir estas experiencias, y reconozco que es más fácil tenerlas en Nepal que en nuestra sociedad, por el simple hecho de que el desarrollo tecnológico no ha ido acompañado de un desarrollo humano. Entonces, es más fácil encontrar esa inocencia donde todavía se cocina con leña y la vida “se trata” de sobrevivir. Desde que llegué a Nepal me di cuenta de qué tesoro tan grande había allí, tras la sonrisa, la parsimonia, la tranquilidad, la ingenuidad. Al mismo tiempo me entristecía ver cómo la naturaleza del ser humano, es la de progresar, pero sin límites. Y es ahí donde yo veo el problema, en no saber poner límites a lo que materialmente necesitamos, incluso cuando otros no tienen qué comer, incluso si perdemos bosques, incluso si contaminamos los mares. ¿Sentiremos alguna vez al árbol como un hermano, ayudaremos de corazón a quien no tiene lo básico, agradeceremos algún día el aire que nos da vida? Yo a veces le digo a los niños que se tapen  la nariz y la boca durante dos minutos, y así todos aprenden a valorar el aire, a ser conscientes de nuestra interdependencia. Sigo albergando el sueño de que algún día nos paremos, y reformulemos el sistema educativo, los mensajes que lanzamos a los niños, los hábitos… y que el objetivo sea sentirnos en paz, uno con todo, un inmenso amor por todo. Que el objetivo sea: nunca perder la inocencia, la alegría de estar aquí.

Lo que da de sí una sonrisa. Yo iba a hablarles de la labor de estas últimas semanas, donde el personal local sigue día a día llegando a las aldeas más remotas para ofertar una educación básica a quienes no tienen un lápiz, un cuaderno, un desayuno en casa o un aula. También hablarles de los niños que ya están en secundaria y a quienes llevamos tres años apoyando en sus estudios cubriendo el material escolar, los uniformes e incluso ayuda para alquilar habitaciones compartidas cuando el colegio está a más de cinco horas de sus casas. Hoy me dejé ir por “algo” que me mueve y me toca. Así que dejaré que las fotos hablen por sí mismas sobre la labor diaria, mientras me recreo en una sonrisa.

Un lujo poderles contar esto, sentir lo que siento, compartirlo con todos, sin miedo. Gracias a todos los que nos acompañan con sus ánimos, sus aportaciones, su labor de voluntariado, o el cariño… que también viene realmente bien. Gracias mil por contribuir a que esa sonrisa no desaparezca, teniendo que marchar de casa a futuros inciertos llenos de peligros, vejaciones y explotación. Gracias a todo el personal local por sus esfuerzos diarios. Gracias a la vida por brindarme algún momento mágico como el de hoy, mientras escribo estas líneas.                   

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