De pequeño me asaltaban preguntas como “¿Qué pinto en este mundo?, ¿para qué estamos aquí?, ¿qué finalidad tiene este día a día?”. Con el tiempo aprendí que algunas preguntas están fuera del alcance al que mi mente pueda llegar. Y es precisamente cuando dejo de pensar cuando no surge ninguna pregunta, simplemente ERES y todo está bien.

Cuando dejo de pensar y comienzo a sentir la brisa, los latidos de mi corazón, mi respiración, el roce del aire al entrar y al salir de mi nariz; entonces surge una calma que, al mismo tiempo, me pone en sintonía con el cielo, las nubes, el mar, los árboles, las flores, la Vida. Pero qué difícil es dejar de pensar, sobre todo aquellos de nosotros que nos criamos para soñar y ambicionar, para satisfacer deseos y antojos.

Mir primeros años en Nepal me enseñaron que el día a día de la mayoría de seres en este mundo no tiene nada que ver con el de Reyes Magos, el Ratoncito Pérez o Príncipes Azules. Suele ser un día a día donde se deben realizar tareas varias simples para sobrevivir: arar, sembrar, quitar malas hierbas, llevar el ganado a pastar, limpiar el establo, abonar los campos, ir al bosque a por leña, cocinar y otras actividades varias que mantienen a toda la familia ocupada de sol a sombra. Una rutina dura, pero quizás más cercana a la Vida, a la naturaleza, pues dependes de ella para sobrevivir. También una vida más reposada, sin tensiones, aceptando las inclemencias del tiempo, la muerte, lo efímero. Eso se nota en las caras de los aldeanos, sus sonrisas, su calma. Siempre me parecieron estar más en sintonía con la vida que yo, sobre todo los niños.

Cuando construimos nuestra casa de acogida hace ya más de once años, compramos primero los terrenos donde plantaríamos nuestro sustento: arroz y millo. Tenía claro que no quería, para nada, romper esa simbiosis con la naturaleza que yo veía como la clave de una vida sencilla, alegre y serena. Sin grandes expectativas, más allá de ser autosuficientes en comida, ayudarnos los unos a los otros, amarnos mutuamente y desarrollar la empatía por la naturaleza y los humanos. Esta convicción ha marcado cada proyecto que he realizado, la relación con el personal, lo que intento aportar en mis visitas a España: la vida simple es sostenible y nos hace más felices. Y lo simple empieza por pensar menos y sosegarnos.

Después de once años, tras recoger la cosecha de millo, sigue nuestro personal local y  las niñas de la residencia juntándose cada julio en nuestro terreno para plantar arroz. Cuatro o cinco días de trabajo anegando el terreno, allanándolo y plantando. Trabajo duro, pero siempre hay tiempo para bromas, juegos con el barro y… comer!!!

En cuatro meses tendremos nuestro propio arroz que, junto con las verduras que plantamos, es parte fundamental de nuestra dieta en Nepal. Así las niñas aprenden a responsabilizarse de su sustento, a valorar la naturaleza, a convivir, a comprender la vida… sin perder la sonrisa.

Gracias a todo el personal local y a Sumitra, la presidenta de la casa de acogida, por ayudarme hacer este sueño de la vida simple, una realidad sobre el terreno. Gracias a todos los voluntarios y colaboradores porque sin vuestra ayuda tampoco sería posible llevar a cabo este humilde proyecto.

Un fuerte abrazo y lindo día.

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