Namaste,

Cuando vamos de visita a las aldeas para realizar nuestra labor diaria pasamos mucho tiempo en la carretera  o caminado por veredas para llegar a ellas. Muchas veces hay que pasar noche con alguna familia porque solo da tiempo a llegar y debemos esperar al día siguiente para hacer los repartos de material escolar, los talleres de sensibilización o el seguimiento a familias en situación de precariedad extrema que atendemos.

Sueles llegar cansado, con ganas de una ducha, pero debes conformarte con lavarte la cara con agua de algún chorro donde se friegan los platos, se lava la ropa o nos cepillamos los dientes. Siempre nos ofrecerán agua, té o algo de comer hasta que se haga la hora de la cena. Yo personalmente disfruto del camino por las laderas, observando a los aldeanos en sus quehaceres diarios, hablando con algunos de ellos. También es el momento de intimar con el personal local que me acompaña, de compartir reflexiones y puntos de vista sobre nuestra labor.

No es fácil la vida en la montaña. Desde la escasez de agua a la dificultad de plantar en las laderas. A veces deben recurrir a la plantación de marihuana para sobrevivir, pues les da más beneficio que el maíz o las acelgas. La lejanía y la dureza también les deja pocas alternativas de ocio, y el alcohol que destilan y fermentan a veces es el único estímulo para muchos pasar el tiempo. Es su manera de vivir y, gracias a que nos acercamos a ellos, podemos ofertar a sus hijos una educación y un modelo de vida más sano, menos precario.

Por la mañana, al despertar, siempre nos ofrecen té y es otro momento mágico. El silencio, los murmullos y conversaciones en la lejanía. Yo cubierto con mi abrigo mientras los niños en camiseta se agrupan alrededor de un fuego para calentarse, una señora friega unos cacharros en agua helada y otras van al bosque a por leña o pasto para las cabras. Para mí, un mundo idílico, una sensación de estar muy vivo, cerca de todo y todos. Para ellos, una curiosidad mi presencia, la cual agradecen agasajándote con la mejor cama o silla que puedan ofrecerte.

Toda una experiencia cada hora que pasamos conviviendo con la gente que ayudamos. Un lujo poder ser testigo de una vida más dura, ¿pero quizás más plena?, ¿más aceptación?, ¿más serenidad? No se, no es fácil ser objetivo, pero desde luego que cada momento es un gran aprendizaje y me abre los ojos a cómo hemos evolucionado. Hay algo aquí que me cautiva, quizás el hecho de sentirme más vivo, más cerca de la vida. Ése es parte del regalo diario, aparte de la inocencia de los niños, su desparpajo, su timidez, la nobleza de la gente, la serenidad, el esfuerzo diario.

Un fuerte abrazo y lindo día a todos  

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